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Dignidad, donde hubo tanto silencio

Se feminizaron los claustros y la política, la academia y las empresas. Sin embargo, sobrevive el silencio sobre lo que se padece en las alcobas. La violencia contra las mujeres de aquellos que dicen amarlas.

Publicado el 25 octubre, 2016 @ 0:14

Oh … ¡Olvidé contar que me violaron!, balbuceó a mi lado la mujer que minutos antes había testimoniado ante los jueces que juzgaron a los integrantes de las Juntas militares. Sobreviviente de uno de los campos de detención clandestina había detallado las torturas a las que fue sometida, y sin embargo, no pudo describir la humillación de la violencia sexual. El supuesto olvido me llevó a indagar a otras sobrevivientes para saber si las vejaciones sexuales fueron la tortura adicional de las mujeres presas desaparecidas. Encontré las mismas inhibiciones y la sospecha de que al regresar a sus familias, sobrevolaba sobre ellas el fantasma de las violaciones que pocos se animaron a encarar. Un silencio cargado de pudor y amor ya que al evitar los detalles, creían proteger, sobre todo, a sus padres, novios y hermanos.

Yo misma debí esperar más de treinta años para conocer el destino final de mis hermanos, presos desaparecidos en la ESMA: del alegato de la fiscal Mercedes Soiza Reilly lo que más me conmocionó fue el relato de una “noche especial” por los gritos de las “dos cordobecitas” abusadas por sus verdugos. Una de ellas, mi hermana Cristina. Lo que me confirmó tanto mis intuiciones sobre la dificultad de las sobrevivientes para narrar las humillaciones sexuales como las consecuencias del paso del tiempo. Si mis padres estuvieran vivos jamás me hubiera animado a hacer publico lo que cuento en esta nota.

Mucha agua corrió debajo del puente de la democratización, dinamizada por la recuperación de la libertad. Sin embargo, a poco andar, en el inicio de la segunda década democrática, el crimen salvaje de María Soledad Morales a manos de los hijos del poder catamarqueño fue el primer indicio de la continuidad de esa violencia sexual contra las mujeres, amparada por el secretismo de los poderosos. Tal como había sucedido con las madres del pañuelo blanco, las mujeres de Catamarca se instalaron en la plaza pública para exigir verdad y justicia.

En la medida que nos fuimos alejando del pasado de terror, la sociedad se fue modificando por el motor de la democratización. Se fueron feminizando los claustros y la política, la academia y las empresas. Sin embargo, sobrevivió el silencio sobre lo que se padece en las alcobas. La violencia contra las mujeres de aquellos que dicen amarlas, sus novios, amantes o maridos. Dramas individuales que nos conmueven porque en todos se reproduce la misma saña, la misma crueldad y la misma obsesión por hacer de la mujer un objeto propio. En su mayoría, jóvenes que pagan con la vida sus intentos de vivir fuera de las garras de hombres posesivos o las que desaparecen en la perversa red de los que trafican con las mujeres y cuyos rostros nos increpan desde los scanners de los aeropuertos. Pero si en el pasado fueron las víctimas las que debieron vencer su propio silencio de humillación y con el tiempo narraron en libros o ante los juecez las violaciones sexuales en los campos de detención clandestinos, esta vez fueron las periodistas mujeres las que pusieron los focos de la luz pública sobre la violencia contra las mujeres y con una frase sencilla pero efectiva consiguieron que la demanda de “Ni una menos” se convierta en un clamor colectivo para exigir el fin a la violencia contra las mujeres y la aplicación efectiva de la Ley 26.485, sancionada siete años atrás para “prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”.

Resta ahora que pongamos todo nuestro entendimiento y acción para desarmar los prejuicios y encarar lo que postergamos, una auténtica educación en derechos humanos, porque cuando hablamos de violencia, hablamos de la violación del derecho fundamental a la vida, a la integridad, a la libertad y a la igualdad, sustento jurídico filosófico de los derechos humanos consagrados en nuestra Constitución reformada de 1994.

Así como las tragedias del nazismo, la guerra y la amenaza del poder totalitario impulsaron la mayor revolución jurídica, la de los Tratados internacionales de Derechos Humanos que obligan a los Estados a respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, el terrorismo de Estado en Argentina, paradójicamente, nos hizo valorar nuestra idea de la democracia. La decisión de los constituyentes que en 1994 le dieron a los Tratados Internacionales de Derechos Humanos jerarquía constitucional fue el mayor impulso humanitario para traducir jurídicamente el “Nunca Más”. Toda vez que se agrede y violenta a una persona se violenta a la familia humana y los argentinos con semejantes dolores sobre nuestras espaldas históricas no podemos postergar más una educación en derechos humanos que conjugan con la vida y son un instrumento fundamental para que nuestros niños y adolescentes se eduquen en los valores de la dignidad para que las mujeres se respeten a sí mismas, sin caer en la tentación de los que ofrecen fama, dinero o malos amores. Para que jueces y policías defiendan y protejan a la mujer en vez de humillar a las más pobres por los prejuicios y estereotipos que los llevan a desconfiar de los golpes y moretones que muestran cuando hacen las denuncias. Y sobre todo para que hagamos carne los valores de la dignidad y la igualdad entre hombres y mujeres, la paridad que se vive como virtud en la vida privada y en el espacio público todavía hace ruido donde antes hubo tantos silencios.

Norma Morandini es Directora del Observatorio de Derechos Humanos del Senado de la Nación.

Publicado en diario Clarín  24/10/16 [1]

Ilustración Horacio Cardo



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